Fuerteventura ante el espejo: El rechazo al cable, la urgencia climática y la factura que nadie quiere pagar
Vivimos tiempos extraños donde la urgencia climática no admite pausas, pero la burocracia y la política local parecen habitar en una realidad paralela. La reciente noticia sobre el rechazo frontal del Cabildo de Fuerteventura al enlace eléctrico con Gran Canaria no es solo un tropiezo administrativo más en la planificación estatal; es una declaración de intenciones que, bajo una apariencia de defensa del territorio, esconde una profunda incomprensión de cómo funciona la energía, nos aleja del objetivo vital de dejar de quemar petróleo y, lo que es más grave, ignora la realidad económica que sostiene nuestro bienestar.
La trampa romántica de la «Autarquía Energética»
Leemos con cierta incredulidad las alegaciones que abogan por que «la isla debe generar lo que necesite consumir«. Esta frase, que suena heroica y romántica en un discurso, es técnica y ambientalmente ineficiente en el mundo real.
La electricidad no entiende de fronteras municipales ni de orgullos insulares. En los sistemas eléctricos, el tamaño es seguridad. Un sistema pequeño y aislado, como el de una sola isla, es intrínsecamente débil. Necesita mucha más maquinaria de respaldo (generalmente motores diésel) para no apagarse cuando pasa una nube sobre las placas solares o cuando el viento deja de soplar en Jandía.
Pretender que Fuerteventura se abastezca sola, rechazando la conexión con una red más robusta como la de Gran Canaria, implica un sacrificio territorial mayor: necesitaríamos llenar mucho más suelo virgen con baterías y sistemas de almacenamiento para lograr la misma estabilidad que nos daría un simple cable submarino. Es como negarse a tener conexión a internet de fibra óptica alegando que prefieres escribir cartas a mano para «consumir solo lo que generas en casa».
La contradicción de El Charco y la Eólica Marina
Resulta paradójico —y humanamente frustrante— ver cómo se exige el traslado de la central de El Charco, una reivindicación justa para la salud de los vecinos de Puerto del Rosario, mientras se boicotea la única herramienta que permitiría apagarla de verdad.
Seamos claros: sin el cable submarino, la central térmica es imprescindible. No se puede cerrar si no hay un «hilo de seguridad» que traiga energía cuando las renovables fallen. Al vetar el cable y rechazar también la eólica marina, el Cabildo está, sin quererlo, firmando la prórroga de la contaminación en la capital. La matemática no perdona: si no traemos energía limpia de fuera y limitamos la generación en el mar, la única opción es seguir quemando fuel o cubrir aún más tierra.
Hablemos de dinero: La incoherencia económica
Hasta aquí, los argumentos técnicos y ambientales. Pero si la lucha contra el cambio climático y la eficiencia técnica no son motivos suficientes para nuestros gestores, quizás deberíamos hablar el único idioma que todos entendemos al instante: el del bolsillo.
La postura del Cabildo de Fuerteventura no es solo un error ecológico; es una incoherencia económica de magnitudes colosales.
A día de hoy, un majorero paga lo mismo por la luz que un ciudadano de la Península. Esto es posible gracias al principio de solidaridad del sistema eléctrico español. Producir electricidad en Canarias es carísimo (quemamos combustibles fósiles importados), pero ese sobrecoste se subvenciona entre todos los consumidores del Estado. Y aquí viene el dato clave: generar electricidad en un sistema pequeño y aislado como Fuerteventura es infinitamente más caro que hacerlo en un sistema interconectado.

¿Estamos dispuestos a pagar el precio de la independencia?
Si las instituciones majoreras insisten en desechar la interconexión apelando a una soberanía energética mal entendida, la lógica dicta que deberíamos ser consecuentes. Si queremos ser una isla autárquica en lo técnico, deberíamos renunciar también a la solidaridad financiera que nos mantiene las facturas bajas.
Sería un ejercicio de honestidad brutal plantear a la ciudadanía la siguiente pregunta:
«¿Quiere usted que no se construya el cable submarino a cambio de pagar la luz a su coste real de producción?»
Si la respuesta fuera un «sí» coherente con las alegaciones presentadas, los habitantes y empresarios de Fuerteventura tendrían que prepararse para ver cómo su factura de la luz se multiplica por 4 o por 5. Esa es la realidad de lo que cuesta mantener encendida una isla aislada sin el respaldo eficiente de una red compartida.
No se puede soplar y sorber al mismo tiempo
Resulta muy fácil reclamar «soberanía territorial» cuando la ineficiencia que provoca esa decisión la pagan otros. El enlace eléctrico no solo estabiliza la red; su función es baratar costes. Al conectar las islas, el sistema se vuelve más eficiente y el coste de generación baja drásticamente.
Oponerse al cable es elegir, conscientemente, la opción más cara y contaminante. Pretender hacerlo mientras se sigue disfrutando de un precio subvencionado es una trampa. No se puede exigir independencia para bloquear infraestructuras y, al mismo tiempo, exigir dependencia económica para poder pagar las facturas a fin de mes.
Conclusión: La sostenibilidad es también una cuestión de realidad
La transición energética no es un menú a la carta donde elegimos solo lo que nos gusta estéticamente. Es un desafío de supervivencia y de economía. Necesitamos sistemas robustos, interconectados y solidarios.
El cambio climático avanza implacable mientras discutimos si el cable entra por aquí o por allá. Necesitamos menos trincheras políticas y más visión de archipiélago. Porque seguir defendiendo el aislamiento en 2025 es un lujo que, si tuviéramos que pagarlo a su precio real (ese recibo multiplicado por cinco), nadie en Fuerteventura defendería ni un minuto más.
¿Crees que es justo bloquear el cable mientras el resto subvenciona el sobrecoste? El debate es complejo, pero necesario. Déjanos tu opinión en los comentarios.
