Comunidades energéticas en Canarias: liderazgo sí, ingenuidad no
Las comunidades energéticas en Canarias vuelven a situarse en el centro del debate. Y no es casualidad. En un archipiélago con dependencia histórica de los combustibles fósiles, sobrecostes eléctricos estructurales y una ciudadanía cada vez más consciente de la emergencia climática, cualquier fórmula que permita producir energía limpia cerca del consumo merece atención. Pero atención no significa ingenuidad.
La actualidad ofrece un dato muy relevante: Canarias aparece como la comunidad autónoma con mayor implantación municipal de comunidades energéticas, con presencia en el 45,5% de sus entidades locales, según el Informe de Indicadores 2025 del Observatorio de Comunidades Energéticas citado por El País. A escala estatal, España alcanza 837 comunidades energéticas, aunque solo el 27% está ya en funcionamiento efectivo. (El País)
El dato es esperanzador, pero también nos obliga a pensar con calma. Porque una cosa es constituir una comunidad energética, otra muy distinta es ponerla en marcha, conectarla, gestionarla y hacer que aporte valor real al sistema eléctrico.
Comunidades energéticas en Canarias: una buena noticia con letra pequeña
Que Canarias lidere este indicador no debe despreciarse. Al contrario. En unas islas donde el coste ambiental y económico de seguir quemando combustibles fósiles es evidente, el avance de fórmulas colectivas de autoconsumo tiene un enorme valor social.
Una comunidad energética puede ayudar a vecinos, pequeñas empresas, ayuntamientos o entidades sociales a compartir generación renovable. También puede reducir facturas, democratizar la energía y acercar la transición ecológica a la vida cotidiana. No hablamos solo de kilovatios hora. Hablamos de participación, corresponsabilidad y cultura energética.
El propio informe citado señala que siete de cada diez proyectos incorporan o prevén incorporar alguna dimensión social, como la lucha contra la pobreza energética o el desarrollo rural. Ese enfoque es especialmente importante en Canarias, donde la transición no puede limitarse a grandes balances estadísticos. Tiene que llegar a los barrios, a los pueblos, a las familias y a las pequeñas economías locales. (El País)
Ahora bien, conviene no confundir el entusiasmo con la realidad operativa. Si solo una parte reducida de las comunidades constituidas está funcionando, el problema no está en la idea. Está en la distancia entre el anuncio y la ejecución.
El autoconsumo ayuda, pero no sostiene una isla
Este es el punto que conviene decir con claridad. Las comunidades energéticas son necesarias, pero no suficientes. Pueden ser una pieza valiosa de la transición energética, pero no sustituyen al sistema eléctrico.
En un sistema insular aislado, como los de Canarias, la electricidad no es solo energía generada. También es estabilidad de frecuencia, control de tensión, reservas, potencia firme, capacidad de respuesta, protección eléctrica, red de transporte, red de distribución y operación coordinada en tiempo real.
Una cubierta fotovoltaica compartida puede producir energía limpia durante muchas horas del año. Sin embargo, no resuelve por sí sola qué ocurre de noche, en días de baja radiación, ante una perturbación en la red o durante un cero eléctrico. Tampoco aporta, salvo con soluciones muy específicas y aún limitadas, la robustez electromecánica que tradicionalmente han proporcionado los grupos síncronos.
Por eso es tan importante no vender las comunidades energéticas como una alternativa mágica al sistema. Son una herramienta ciudadana magnífica. Pero necesitan red, necesitan regulación, necesitan distribución preparada y necesitan una planificación energética seria.
El reto canario: territorio, red y justicia social
La próxima edición del Foro de Energías Renovables de Canarias abordará precisamente tres asuntos clave: autoconsumo, territorio y agrovoltaica. La jornada prevista se estructura en mesas dedicadas a esos temas y a casos reales con sello canario. (Oficinas Energía)
La elección de esos tres ejes es acertada. Canarias no puede seguir debatiendo la transición energética como si solo existiera una dimensión del problema. Hay territorio. Hay paisaje. Existe actividad agraria. Hay redes eléctricas saturadas en determinados puntos. Hay trámites lentos. Y también hay una ciudadanía que, con razón, exige participar y no limitarse a contemplar cómo otros deciden.
La agrovoltaica puede ser una vía interesante si se hace bien. No como coartada para ocupar suelo de cualquier manera, sino como oportunidad para compatibilizar producción agrícola, generación renovable y protección del territorio. También el autoconsumo colectivo puede tener un papel relevante en cubiertas públicas, polígonos industriales, edificios residenciales y equipamientos municipales.
Pero todo eso exige rigor. No basta con colocar placas. Hay que estudiar evacuación, perfiles de consumo, capacidad de conexión, almacenamiento, gestión de excedentes y efectos sobre la red de distribución. La transición energética no puede convertirse en una suma desordenada de proyectos bienintencionados.

La red eléctrica no es el enemigo
Una parte del debate público sigue atrapada en una idea equivocada: cuanto más autoconsumo, menos red hace falta. En sistemas insulares, esa afirmación es técnicamente pobre.
La red no es un obstáculo para la energía limpia. Es la infraestructura que permite integrarla con seguridad. Sin red, el autoconsumo queda limitado a soluciones aisladas, pequeñas y frágiles. Con una red robusta, digitalizada y bien planificada, la generación distribuida puede crecer mucho más y hacerlo con garantías.
Red Eléctrica recoge que Canarias alcanzó en 2025 un máximo histórico anual de generación renovable, con 1.885 GWh y una cuota renovable del 20,9% en el mix eléctrico insular. Es un avance real, pero también muestra la magnitud del camino pendiente. (sistemaelectrico-ree.es)
Si queremos pasar de ese entorno del 20% a porcentajes mucho más altos, necesitaremos muchas cosas a la vez: autoconsumo, comunidades energéticas, eólica terrestre, eólica marina donde sea viable, fotovoltaica, almacenamiento, bombeos, gestión de demanda, geotermia si confirma su potencial, compensación síncrona, electrónica de potencia avanzada y redes capaces de soportar el nuevo modelo.
No sobra nada. Lo que sobra es el simplismo.
Participación local, pero con proyectos que funcionen
El Decreto-ley 1/2026, publicado en el BOE el 20 de abril de 2026, introduce modificaciones relacionadas con la participación local en proyectos de generación renovable en Canarias. El texto señala que las administraciones públicas impulsarán e incentivarán esa participación, incluyendo comunidades de energía renovable locales y entidades de la sociedad civil. (BOE)
La orientación es positiva. La transición energética necesita aceptación social, y la aceptación no se decreta desde un despacho. Se construye con información, beneficios compartidos, respeto al territorio y participación real.
Ahora bien, la participación local no debe convertirse en una etiqueta decorativa. Si un proyecto presume de participación, debe demostrarla. Si una comunidad energética dice tener vocación social, debe abrir la puerta a quienes no pueden adelantar inversiones. Y si una administración impulsa estas fórmulas, debe acompañarlas técnicamente hasta que funcionen.
Constituir una entidad es relativamente sencillo. Mantenerla viva, conectada y útil es bastante más difícil.
Una oportunidad que merece madurez
Canarias tiene una oportunidad valiosa. Las comunidades energéticas pueden ayudar a que la transición deje de percibirse como algo lejano, técnico o reservado a grandes empresas. Pueden acercar la energía renovable a la gente. Crear pedagogía social. Pueden aliviar facturas y abrir espacios de cooperación vecinal.
Pero no debemos pedirles lo que no pueden dar. No van a sustituir por sí solas a las centrales convencionales. Ni van a resolver la estabilidad de los sistemas eléctricos insulares. No eliminan la necesidad de nuevas infraestructuras. Tampoco hacen innecesaria una planificación seria del territorio y de las redes.
Su papel es otro, y es muy importante: hacer que la transición energética sea más democrática, más cercana y más justa.
La buena noticia es que Canarias está bien situada en el mapa de las comunidades energéticas. La advertencia es igual de clara: ahora toca pasar del titular al funcionamiento real. Menos ceremonia, más conexión. Menos autosatisfacción, más resultados medibles.
Porque la transición energética no se gana con nombres bonitos. Se gana con proyectos que producen, redes que aguantan, ciudadanos que participan y sistemas eléctricos que funcionan.
¿Tú qué opinas? Te leo en los comentarios.
