Invernadero agrovoltaico de Güímar: una prueba necesaria

El invernadero agrovoltaico de Güímar: primero medir, después extender

Canarias necesita más energía renovable, pero también necesita conservar y reforzar su capacidad de producir alimentos. Por eso, el nuevo invernadero agrovoltaico del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias en Güímar merece atención. No por su tamaño, que es modesto, sino por la pregunta que plantea: ¿pueden convivir de verdad los cultivos y la energía solar en un mismo espacio sin que uno expulse al otro?

La respuesta no debería construirse con eslóganes. Debe salir de los datos, de la observación y de la experiencia de quienes trabajan la tierra. Ese es, precisamente, el valor del proyecto impulsado en la Finca La Estación del ICIA: convertir una idea prometedora en conocimiento útil para Canarias.

Un proyecto para comparar, no para prometer

El invernadero experimental de Güímar ocupa una superficie aproximada de 1.300 metros cuadrados. Sobre una parte de su cubierta se instalarán módulos fotovoltaicos de sombreado variable, con una potencia pico estimada de 37,2 kW y una superficie útil de captación solar de unos 204 metros cuadrados.

La inversión global asciende a 157.868 euros y está financiada mediante el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia con fondos Next Generation EU. Pero el dato realmente importante no es económico. Lo decisivo es el diseño experimental.

El proyecto dispondrá de dos áreas diferenciadas: una zona bajo sombreado fotovoltaico y otra sin placas, que funcionará como superficie testigo. Esa comparación permitirá estudiar con rigor qué cambia cuando la cubierta solar modifica la radiación que reciben los cultivos. (Gobierno de Canarias)

No se trata, por tanto, de colocar paneles sobre un invernadero y dar por resuelto el debate. Se trata de medir qué ocurre con el agua, la temperatura, el crecimiento, la producción y la calidad final del producto.

Ahí está la diferencia entre una iniciativa seria y una simple operación de imagen.

Datos clave del invernadero agrovoltaico de Güímar: ubicación, superficie, potencia fotovoltaica, diseño experimental e inversión.

Qué puede enseñar el invernadero agrovoltaico de Güímar

El ICIA evaluará las necesidades de riego, la afección del sombreado sobre los cultivos, los rendimientos agrícolas y la calidad de la producción. También analizará el potencial de extender estos sistemas a explotaciones agrícolas del Archipiélago. (Gobierno de Canarias)

Son cuestiones esenciales. En Canarias, el sol es una ventaja energética evidente, pero también puede convertirse en un factor de estrés para determinados cultivos. El exceso de radiación y las altas temperaturas incrementan la evapotranspiración, elevan las necesidades de riego y pueden afectar al desarrollo de la planta.

Una cubierta fotovoltaica bien diseñada puede reducir parte de esa presión. El sombreado puede rebajar la radiación directa, moderar la temperatura interior y disminuir la evaporación. En regiones secas, varios trabajos apuntan a que esta combinación puede ayudar a reducir la demanda hídrica y proteger los cultivos frente al calor excesivo. (CGIAR System)

Ahora bien, conviene decirlo con claridad: no todos los cultivos responden igual al sombreado.

La radiación solar es un factor central para la fotosíntesis. Una reducción excesiva de luz puede afectar al rendimiento, al tamaño del fruto o a determinados parámetros de calidad. La investigación disponible insiste en que la compatibilidad depende del cultivo, de la época del año, de la orientación del invernadero, del porcentaje de cobertura fotovoltaica y del tipo de módulo utilizado. (MDPI)

Por eso Güímar importa. Porque Canarias necesita saber qué funciona aquí, con nuestros cultivos, nuestra radiación, nuestra humedad, nuestros vientos y nuestra realidad agraria.

La agrivoltaica no puede ser una coartada

La agrivoltaica puede ser una herramienta valiosa. Pero no debería convertirse en una etiqueta vacía para justificar cualquier instalación fotovoltaica sobre suelo agrícola.

Un sistema merece ese nombre cuando mantiene una actividad agraria real y viable. La electricidad debe complementar al cultivo, no relegarlo a una presencia simbólica. Si la agricultura desaparece o queda reducida a un decorado, no estamos ante una solución integrada. Estamos, sencillamente, ante una planta solar ocupando suelo productivo.

El nuevo invernadero agrovoltaico de Güímar puede ayudar a fijar criterios más exigentes. Entre ellos, deberían estar estos:

  • Mantener la producción agrícola como función principal del espacio.
  • Medir rendimientos y calidad de los cultivos durante varios ciclos.
  • Adaptar el porcentaje de cobertura solar a cada especie y época del año.
  • Diseñar las instalaciones junto a agricultores, técnicos agrarios e investigadores.
  • Priorizar usos energéticos vinculados a la propia explotación, como riego, bombeo, ventilación o climatización.

No hay que elegir entre alimentos y electricidad limpia. Pero tampoco se puede aceptar que la generación renovable avance a costa de debilitar un sector primario ya sometido a enormes dificultades.

Variables que analizará el ensayo agrovoltaico de Güímar, beneficios potenciales y condiciones para aplicar el modelo en Canarias.

Energía, agua y campo: una misma conversación

La agricultura canaria vive bajo presión. El encarecimiento de la energía, la escasez de agua, la exposición a sequías, las olas de calor y la competencia exterior condicionan la viabilidad de muchas explotaciones.

Por eso la transición energética debe mirar también al campo. No basta con contar megavatios renovables instalados. Hay que preguntarse para qué sirven, quién se beneficia de ellos y cómo pueden reforzar la economía local.

La electricidad solar producida en una explotación puede reducir parte de sus costes energéticos. Puede ayudar a alimentar bombas de riego, sistemas de fertirrigación, ventilación, almacenamiento o herramientas de control ambiental. Su aportación será distinta según cada caso, pero la lógica es clara: acercar la producción de energía a un consumo agrícola real.

Este enfoque conecta con una idea que ya hemos defendido al hablar de agricultura y agua en Canarias: en las islas, la energía y el agua forman parte del mismo desafío. Ahorrar una puede aliviar la presión sobre la otra.

También da continuidad a la reflexión anterior sobre la agrivoltaica como oportunidad agrícola y energética. La diferencia es que ahora el debate baja de los grandes principios a una instalación concreta, medible y situada en el territorio.

La prudencia también es innovación

Se habla mucho de innovación como sinónimo de velocidad. Sin embargo, en asuntos que afectan al campo, al agua y al territorio, innovar también exige prudencia.

Antes de replicar modelos, hay que comprobarlos. Antes de anunciar grandes despliegues, hay que conocer los límites. Y antes de declarar que una tecnología es compatible con la agricultura, hay que escuchar a quienes viven de ella.

El invernadero agrovoltaico de Güímar no resolverá por sí solo los problemas energéticos ni agrícolas de Canarias. Tampoco debe presentarse como una solución milagrosa. Su importancia está en otra parte: puede aportar evidencia para decidir mejor.

Canarias necesita más renovables. También necesita proteger su suelo fértil, reducir la dependencia de combustibles fósiles y fortalecer un sector primario que forma parte de nuestra identidad y de nuestra seguridad colectiva.

El camino más sensato no es enfrentar energía y agricultura. Es construir soluciones donde ambas se refuercen. Y para eso, primero hay que medir, aprender y corregir.

La transición energética no se construye negando la complejidad, sino afrontándola con inteligencia, planificación y responsabilidad colectiva. ¿Tú qué opinas? Te leo en los comentarios.


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