Agricultura y agua: experiencias de adaptación al cambio climático en las medianías canarias
El cambio climático ya no es un concepto lejano. En las medianías de Canarias —esa franja que discurre entre los valles fértiles y las cumbres— cada año es más evidente su impacto. La agricultura, una de las actividades más arraigadas en nuestra identidad y sustento de miles de familias, está viendo cómo cambian los patrones de lluvia, aumentan las temperaturas y se hace más difícil gestionar el agua.
Pero junto a la preocupación, florecen también ejemplos de resiliencia y adaptación. Agricultores que no se resignan a perder lo que tantas generaciones levantaron con esfuerzo, y que están encontrando nuevas formas de cultivar en un clima cada vez más imprevisible.
Una sequía persistente que obliga a innovar
La Agencia Estatal de Meteorología estima que, en el último medio siglo, la precipitación media en Canarias ha disminuido alrededor de un 15%. Al mismo tiempo, la temperatura media ha subido más de 1,5 ºC. Este doble impacto se traduce en suelos más secos, menor recarga de acuíferos y un incremento de la evapotranspiración.
Las medianías de islas como Gran Canaria, Tenerife y La Palma, tradicionalmente productoras de papas, viñedos y frutales, son especialmente sensibles. La reducción del agua disponible para riego y el incremento de las plagas vinculadas al calor han puesto en jaque a muchas explotaciones.
Nuevas prácticas, antiguos saberes
Frente a este escenario, agricultores y comunidades de regantes están adoptando un enfoque híbrido que combina innovación tecnológica y recuperación de conocimientos tradicionales. Algunas de las estrategias que ya se están aplicando incluyen:
🔹 Introducción de variedades más resistentes
En muchos casos se están seleccionando especies y variedades con menor demanda hídrica y mayor tolerancia al calor. Por ejemplo, variedades de papas andinas de ciclo corto, higueras, almendros y viñas más adaptadas a la sequía.
🔹 Riego localizado y programado
La implantación de riego por goteo con control automatizado ha permitido reducir consumos hasta un 40%. Muchos agricultores han incorporado sensores de humedad en el suelo que informan, en tiempo real, de las necesidades hídricas del cultivo.
🔹 Recuperación de infraestructuras tradicionales
En los últimos años se han rehabilitado aljibes, cantoneras y gavias —pequeñas terrazas con muros de piedra que retienen la humedad—, infraestructuras que durante siglos permitieron almacenar agua y aprovechar hasta la última gota.
🔹 Cobertura vegetal y mulching
El uso de cubiertas vegetales y acolchados orgánicos reduce la temperatura del suelo. Disminuye la evaporación y protege la microbiota esencial para la fertilidad.
Historias que inspiran
En El Hierro, la Comunidad de Regantes de La Frontera ha modernizado su red de distribución de agua mediante un sistema de telecontrol y telemedida que permite programar los turnos de riego y optimizar el uso de los depósitos. Este proyecto, financiado con fondos europeos (FEADER), ha logrado una reducción del consumo de agua superior al 20%.
En La Gomera, agricultores de la cooperativa COAGALSA han recuperado y rehabilitado varias gavias tradicionales en la zona de Vallehermoso, combinando su uso con riego localizado y cultivos de papas y hortalizas. La intervención ha mejorado la retención de humedad del suelo y ha reducido la escorrentía durante las lluvias.
En Gran Canaria, dentro del programa CLIMARISCO, el Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA) desarrolló un ensayo de cultivos bajo mallas de sombreo en la Finca de Los Blanquitos, en Agüimes. Los resultados demostraron que el uso de mallas redujo la temperatura ambiente entre 3 y 5 ºC y permitió un ahorro de agua de riego de hasta el 35%.
Son ejemplos reales de que la adaptación es posible cuando se combinan compromiso, conocimiento científico e inversión pública y privada.
Un camino compartido
Adaptarse no es sencillo. Requiere inversiones, formación técnica y apoyo institucional. Pero cada paso que se da en esta dirección fortalece la soberanía alimentaria de Canarias, protege el empleo rural y preserva el paisaje que nos identifica.
El cambio climático nos reta a repensar cómo producimos alimentos, cómo gestionamos el agua y cómo cooperamos. Y, sobre todo, nos recuerda que en cada finca y en cada parcela hay historias de esfuerzo que merecen ser apoyadas y respetadas.

